Posteado por: vecinoslapaz | junio 18, 2010

Manifiesto de Torrero – II Encuentro Estatal de Asociaciones Vecinos “La Paz

  Un viejo dicho anarquista dice así: “El hombre, la mujer, por el hecho de nacer, tiene derecho a vivir dignamente”. Cuando consigamos hacer realidad este enunciado podremos considerar que viviremos en paz.

La paz no es sólo ausencia de guerra, violencia o terrorismo, es un concepto mucho más profundo y amplio irremisiblemente incardinado en la libertad, la igualdad y la justicia social.

La Tierra es nuestro hogar, un pedazo de roca maravilloso flotando por el universo, laboratorio natural donde desde hace millones de años se da felizmente la vida y una biodiversidad extraordinaria… La economía al servicio del interés de los poderosos, el capitalismo de las multinacionales, está deshaciendo el necesario equilibrio natural, el ataque devastador al medio ambiente tendrá, tiene ya, efectos catastróficos para la vida en general.

La desigualdad es la tónica general de nuestro mundo, unos pocos disponen de la mayoría de los recursos. La diferencia de clases evidencia el conflicto que se vive diariamente por la propia existencia. La dilapidación voraz de los recursos, que son limitados, también por acumular dinero y poder, conlleva escasez y miseria a grandes zonas del planeta. En vez de reparto equitativo y solidario de los bienes y de la riqueza, se considera normal la existencia de marginación, hambruna, miseria, destrucción, muerte…

Por mucho que nos digan y adoctrinen en torno a la economía, ésta no es sino una manera de hacer política y es evidente que el sistema liberal a ultranza no es la solución eficiente para todos. También es evidente que la clase política tiene mucho que decir al respecto y tomar decisiones que eviten todas estas lacras.

Un mundo militarizado hasta la extenuación y con armas nucleares capaces de destruirlo múltiples veces no puede constituirse en el método adecuado para preservar la paz. Guerras interesadas e invasiones. Pueblos subyugados…

Religiones jerarquizadas y no democráticas, privilegiadas por el poder político y que se inmiscuyen en el ámbito público, teocracias, fanatismos excluyentes, dictaduras, fascismo… Represión, imposición, pena de muerte… Racismo, xenofobia, prostitución, sectarismo, trata de blancas, violencia de género…

Niños esclavos del trabajo, fronteras de alambradas, fuerzas de seguridad a la caza del emigrante, pateras preñadas de ilusiones y desesperación.

Hombres con sueldos fabulosos y pensiones desorbitadas, trabajadores en paro o con empleos muy precarios, millones de jóvenes sin perspectiva de futuro, viejos y viudas con pensiones casi caritativas.

La democracia no es real, nos intentan convencer de que votando cada cuatro años ya hemos cumplido y no es así, queremos también decidir en el día a día, en las cuestiones que nos afectan. Las propuestas y alternativas ciudadanas casi nunca son valoradas. La brecha entre los políticos y la población es tremenda, el descrédito de los que gobiernan crece ante las posiciones casi despóticas, incluso megalómanas de muchos de ellos y no digamos ante los casos de corrupción. La mayoría de los medios de comunicación sirven a intereses ideológicos concretos, la judicatura está politizada. La banca es una máquina de acumular dinero e impermeable a las necesidades básicas de la población, la bolsa es un enjambre de especuladores, el mundo financiero ha hecho del planeta su corral particular y opera sin trabas, sin fronteras, con ánimo cruelmente insensible y depredador.

En la escuela no se educa para ser un ciudadano crítico y libre, se impone una enseñanza carente de valores, no se estimula a chicos y chicas (los chavales) para que desarrollen su capacidad de pensar y ser ellos mismos, personas (individuos) con criterio.

Ante semejante panorama no caben frases melindrosas o manifestaciones de carácter rosa acerca de la paz. Porque la paz no casa con las injusticias que nos envuelven. No hay paz sin desarrollo, sin derechos humanos, sin desarme, sin una democracia auténtica. Es más, la paz exige una lucha enérgica por cambiar el estado de las cosas, por organizarse desde abajo y presionar para alcanzar cotas de armonía, convivencia, fraternidad, respeto, democracia real, solidaridad, antimilitarismo… En definitiva la utopía. En ella ponemos nuestra esperanza común. Esa es la parte positiva del mundo: que puede cambiarse. Porque la injusticia no es como una tormenta. Erradicarla está en manos humanas. Para eso necesitamos unión e inteligencia colectiva. Ya hoy podemos cambiar pequeñas cosas, establecer redes, asociarnos para el apoyo mutuo. Sin desánimo. En los tiempos difíciles pueden crecer los cambios necesarios. En esas estamos y nos reafirmamos hoy. Precisamente porque somos realistas, y por eso, queremos conseguir lo imposible.

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